El método interior. Aperturas desde la retórica a la democratización del ciudadano


GT 1.5 El ciudadano del siglo XXI

Autor/a
Laura Adrián Lara (Universidad Complutense de Madrid)

Cuando René Descartes publica el Discurso del método (Discours de la méthode, 1637) realiza una aportación a los modos de pensar y conocer disponibles hasta entonces, que se suma a los esfuerzos previos de Pierre de la Ramée (Petrus Ramus, 1515-1572) por encumbrar el método de la dialéctica y convertir la retórica en su apéndice ornamental.

La apuesta por el método implica una revolución micropolítica: el ciudadano que emplea esta estrategia para ordenar y conocer el mundo externo, por las garantías que le atribuye para obtener certezas y fundar acuerdos dejando fuera intereses partisanos, concibe su mundo interno de un modo particular, despreciando lo que no se revela a la vista y sancionando un modo de gobierno basado en la voluntad y en la preservación de la identidad.

El método está impregnado de pensamiento religioso; conocer es como recorrer un “camino” que culminará en el logro de la meta propuesta, como los pilgrims cristianos se encaminan a la salvación de su alma. Un modo de pensar muy disciplinado y cargado de omnipotencia, que se funda en el temor a errar –y andar “errante”– y en el deseo confiado de poder alcanzar la plenitud de una verdad estable.

Dadas las limitaciones que acarrea la ciencia política originada en EE. UU., principalmente por haber expulsado el gobierno del individuo hacia la filosofía moral, la psicología o la pedagogía, la teoría democrática contemporánea se plantea cambios en el ciudadano desde las aperturas que proporciona la retórica. Desde la idea de juicio o la de ethos (p. ej., la reciente obra de S. K. White, The Ethos of Late-Modern Citizen) es posible repensar el gobierno de los ciudadanos desde la teoría política y liberarlo de las “cadenas” (como las que mencionan Ramus, Descartes, Hobbes o Locke) que impone el razonamiento dialéctico.

Replantear una democratización del ciudadano exige replantearnos nuestra forma de teorizar, tan constreñida por los moldes de la dialéctica –el orden, la coherencia o la exigencia de definir a priori– y por la inhibición de no transgredir los límites de lo que no se considera político sino privado.